Ellas eran dos hadas, princesas, brujas, ninfas, sirenas y todas esas clases de criaturas mágicas que existían en los cuentos fantásticos. La mayor era morocha, su pelo ondeado le llegaba a la cintura, tenía unos ojos marrones que invitaban a soñar y mirada aventurera. Jugaba a ser rebelde, a no seguir los patrones, era justiciera y lucía manchas de tierra de sus batallas.
Juntas creaban con risas castillos, fortalezas amuralladas, combatían feroces dragones con su magia inagotable. Eran aliadas en los conflictos, y en sus reinos nunca faltaron incontables vestidos, zapatos brillosos, varitas, coronas y unicornios multicolores. Su tierra maravillosa se situaba en las lejanías del fin del mundo y para viajar a sus inmensidades debían cruzar un portal encantado, que sólo ellas conocían. Recorrían playas, bosques, desiertos, montañas, lagos, mares y océanos.
Controlaban el clima, las bestias que lo habitaban, y las plantas silvestres que allí crecían. Y cada día existían nuevos misterios, pruebas, desafíos por resolver o simplemente la tranquilidad de tomar el té a orillas de su río favorito. Nadie controlaba sus pasos, eran las dueñas y señoras de todo cuanto veían.
Inevitablemente el príncipe azul, se aparecía y las llevaba a cabalgar en su corcel blanco, emocionándolas con su amistad.
Pero de golpe todo se derretía, sólo quedaban las ruinas y el timbre ensordecedor del final del recreo las hacía volver a la insulsa realidad.
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